cuentos para golfos

El principiante

Por carla la serna

Por fin la mañana era radiante. Un día de invierno fresco y despejado, sin una nube que enturbiara el cielo. El principiante estaba contento. Una semana atrás había practicado en esa misma cancha y tuvo sensaciones nuevas, notó un avance, más soltura y solidez. Pegó bolas largas y bien dirigidas, sin un esfuerzo excesivo de brazos ¿Un milagro pasajero o es que después de tanto sacrificio llegaba su premio?

   Sacó un cubo de la máquina y antes de instalarse lanzó una ojeada a la cancha de prácticas. Ahí estaba como siempre el señor de la gorra roja de Titleist con su movimiento extraño, esforzándose con el Driver, tenaz y constante. El swing era una suerte de baile desacompasado, pero lo cierto es que si la bola volaba, volaba lejos y recta. Dos puestos más a la derecha estaba la chica japonesa. Qué mujer más curiosa, había pensado el día que la vio con unos zapatos de golf fucsias. Le gustaba observarla con su atuendo impoluto, pantalones y jersey siempre a juego, una visera, y la bolsa cargada de palos brillantes. Al fondo a la derecha, se fijó en un profesor con tres alumnos primerizos que debían rondar los sesenta. Gira las caderas, a ver ese grip, que está un poco débil; no tires de brazos, gira bien los hombros, flexiona. Bien, bien, mira qué bolón ¿Ves cómo sabes hacerlo? Y el alumno infló el pecho del orgullo y se puso colorado de la emoción.

 

Al fondo a la derecha, se fijó en un profesor con tres alumnos primerizos que debían rondar los sesenta. Gira las caderas, a ver ese grip, que está un poco débil; no tires de brazos, gira bien los hombros, flexiona. Bien, bien, mira qué bolón ¿Ves cómo sabes hacerlo? Y el alumno infló el pecho del orgullo y se puso colorado de la emoción.

Entonces el principiante se acordó de sus inicios en el golf, diez meses atrás. Estaba hundido porque su mujer le había dejado de la noche a la mañana, así, de un plumazo, sin previo aviso. Desenamorada, sentenció muy digna dando un portazo a seis años de matrimonio sin hijos. Una tarde salió con unos amigos a desahogarse y fue Luis Ybarra quien que le animó:

   —A ver Pablo, ya sé que ahora mismo no te consuela nada, pero ¿Por qué no te lanzas a probar al golf? Así haces algo diferente, te aireas.

   —Qué dices Luis, tengo yo el ánimo como para probar juegos nuevos. Quita, quita, no me líes, que ahora debo centrarme en el trabajo. Porque esa es otra, ¡están despidiendo a gente! Lo que me faltaba.

   —Qué tiene que ver el trabajo con el ocio. Mira, el sábado que viene voy con unos amigos al Club. Te paso a buscar, te lo enseño, te presento a mi profesor, pruebas media hora y listo ¿Qué no te gusta? No vuelves y punto.

   —No sé qué decirte. Ahora mismo no tengo ganas de nada. Y además el golf, que creo que es dificilísimo.

   —Es muy divertido hombre, hazme caso. El sábado te recojo a las nueve, no se hable más.

   La media hora del profesor de Luisón se convirtió en una hora larga. Luego se tomó unas cervezas bajo el sol de abril, conoció a sus amigos, muy aficionados y graciosos… Y desde ese día, fue metiéndose en un trampa adictiva y placentera. Se hizo socio del Club y se apuntó a clases particulares. Como siempre había sido buen deportista, pensó que el golf lo cogería rápido pero ¡qué va! Le esperaba un largo trayecto que en el fondo le divertía. Además era perfeccionista, así que quería tener un swing bueno, al menos decente. En casa, después de trabajar, solo visionaba vídeos de YouTube e Instagram. Cuando se acostaba, reproducía en su cabeza la sincronía de Ben Hogan y los movimientos prodigiosos de Seve Ballesteros. Claro, claro, ya lo entiendo, se decía mientras el sueño le iba dominando. Y cuando al día siguiente intentaba poner en práctica aquellos swings perfectos e ilusorios, venían el desengaño, la frustración y la rabieta. Paciencia y confianza amigo mío, le decían Luisón y el profesor .

"En casa, después de trabajar, solo visionaba vídeos de YouTube e Instagram. Cuando se acostaba, reproducía en su cabeza la sincronía de Ben Hogan y los movimientos prodigiosos de Seve Ballesteros. Claro, claro, ya lo entiendo, se decía mientras el sueño le iba dominando".

   Un día, en un Club de Madrid, se acercó después de jugar a la barra de la cafetería. Cuando estaba a punto de darle un trago a la coca cola, miró hacia el salón con chimenea y vio a su exmujer con un grupo de amigos ¿Mi mujer en un Club social de golf? ¡Si no ha practicado deporte en su vida! Ella entonces, como si le hubiera escuchado, se giró y le miró fijamente. Se saludaron con los ojos, observándose con firmeza unos segundos. Fue el cerrojo definitivo a su relación. Dos desconocidos sumergidos en el principio del fin.

   El hombre de la gorra roja, la japonesa y los alumnos comenzaron a recogerse. El del Titleist metía con cuidado su Driver en la bolsa y el guante en el bolsillo del anorak. La japonesa conjuntada daba brillo a sus palos antes de retirarse. Los alumnos cargaban con el equipo Decatlhon al hombro, directos a la terraza del Club. Entonces el principiante se preguntó que cuántos habría como él en este mundo tan delirante del golf, donde un día te vas del campo creyéndote un golfista con nivel, y al otro te subes por las paredes de la irritación. Cuántos entusiastas, frustrados y tenaces soñarían por las noches con un buen giro de caderas o un finish elegante, solo para olvidar por un momento los problemas cotidianos.

Dejó el cubo con las bolas intactas junto a la máquina. No, hoy ya no practicaría, mejor quedarse con la sensación de la semana pasada. Pensó en llamar a Luisón para tomar unas cervezas, porque la verdad es que hacía un día espléndido de invierno.