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GOLPE DE SALIDA

Mi padre y la historia de un lienzo

✒︎ por CARLA DE LA SERNA

  Hubo una época en que me padre era un gran golfista. No porque fuera profesional, ni porque tuviera un handicap bajísimo. Sencillamente era un apasionado que jugaba cada fin de semana, y entre semana cuando podía. Era socio del Club de Campo Villa de Madrid. Entonces, durante aquellos años 80, intentó convencerme para que me iniciara en el golf. No me gusta, no me apetece mucho, le decía, prefiero el tenis ¿Decisión precoz e infantil? Un poco sí, porque ahora me arrepiento, me arrepiento tanto… Aún así, para que le hiciera compañía, me llevaba de mini caddie para ayudarle con la bolsa a medias (y así haces deporte). Yo tenía unos diez años. Recuerdo aquellas mañanas cristalinas. El Tee 1 ancho y verdoso, sin jugadores delante. Siempre reservaba la primera salida del día.

  La memoria me devuelve el otoño y la primavera, no sé por qué. Quizá los colores, las flores, las hojas secas. Hubo una época en concreto de estos ochentas que se obsesionó demasiado. Esto me lo ha contado más tarde. Era una fiebre, un delirio golfístico guiado y apoyado quizá por el auge de Seve. Empezó a jugar torneos, a organizar partidas con amigos. El golf era fervor, un dardo religioso que le enajenaba los fines de semana. Se compró todo el material de moda. Zapatos, bolsa, palos. Mi madre le decía: estás obsesionado, demasiado obsesionado.

  Un día de mayo se levantó como cada sábado para jugar con unos amigos. Se vistió y preparó su bolsa, sus bolas, el guante, su atuendo con niki Fred Perry y jersey de pico sin mangas, haciendo honor a su coquetería. Llamaron por teléfono, sería las 8 am, todo el mundo dormía en casa. La partida se suspendía, uno de sus amigos no se encontraba bien, el otro tenía tareas en casa: un niño con fiebre, recados con la familia…. Dudó en ir solo, pero al final decidió quedarse. Sintió un vacío extraño, un me falta algo ¿y ahora que hago yo un sábado a estas horas compuesto y sin golf?

   Se sentó en el salón con un café, la bolsa de palos delante. Y tras unos minutos pensó: voy a practicar un poco con la pintura (otra de sus aficiones, llevaba poco tiempo con ella). Fue a la despensa, cogió un lienzo, los pinceles, las pinturas acrílicas. Un delantal blanco. Montó todo en la mesa del comedor. Se preparó y puso su bolsa de palos delante. Empezó a dibujarla a lápiz. Luego a pintarla. Tiró un lienzo, empezó otro. Los colores los tenía claros. Los mismos que su bolsa: Amarillo, beige, blanco.

  A las 8 de la tarde lo tenía terminado ¿Era bonito? ¿Era un retrato fiel de la bolsa? Era exactamente igual, le dijo mi madre. Era precioso ¿Y cómo pintas tan bien? Era el mejor lienzo hasta ahora ejecutado. Preciso, realista, sentido. Parecía que todo su golf iba ahí dentro, con esos hierros y maderas, con ese putt recién comprado.

   Desde aquel día la pintura compitió con el golf. Competían y compartían. Desde aquel sábado empezó a alternar los días. Uno al Club de Campo, otro me dedico a los pinceles. Luego le dio las gracias a su amigo, el que no se encontraba bien, el que canceló la partida. Después de aquel lienzo pintó otro y otro. Bodegones de frutas, cuadros abstractos, algún retrato. Treinta y pico años después me he lanzado al golf y a probar (con timidez) la pintura. En su honor, he intentado copiar aquel lienzo, un dibujo, un boceto. Pero supongo que me falta entrenamiento. O talento.

  El lienzo de mi padre sigue colgado en el office de la cocina. En una esquina su nombre y la fecha: 1985.

Foto 1: Lienzo de mi padre. Fotos 2,3 y 4: mis bocetos